domingo 15 de enero de 2012

No todas las brujas tienen escoba y unas tienen su rosa salvaje

Siempre he creído que el año nuevo se debe empezar con los vicios viejos, año nuevo vicios viejos, pero a veces, nada más a veces, siento que debo dejar unos vicios, porque hasta yo que soy una amoral, después de una borrachera descomunal siento un poquito la cruda “moral.” Pero no hay nada que unas palabras y apapachos de las Brujas grandes no arregle. Ellas siempre me ayudan a descongelar la pluma, la carne y el alma, en otras palabras, romper el silencio de eso que hay en pecho.



En mi charla con las Brujas, les contaba que todo el día había tenido un nudo en la garganta que me hacía pensar en la importancia de demostrar el amor y materializarlo pero no sólo en la cama. Les decía que era un pecado capital fingir que el amor se demuestra jugando al psicoanálisis para tatuar la idea en el imaginario del otro. Afirmé que hay que demostrarlo y mostrarlo como es, nomás loqués para que se pueda leer en las palabras y acciones cargadas de sentido donde se nota el amor o su equiparable: perturbación, trastorno y un cuerpo sexuado. Les hacía mi recuento rápido de todas las veces que me he asomado a los abismos de los ojos de los sujetos, contaba de lo que parecía una necesidad por disculparme con quienes les dije que los quería y ni si quiera los estimaba, también les decía que quisiera disculparme a mi por tener el vicio de atentar contra el amor constantemente. Ellas me decían que no era necesaria una disculpa por que como había salido con casi puros culeros no era necesario pedirles una disculpa, que ya con todas las chingaderas que me habían hecho habíamos quedado mano a mano. En la introspección de las palabras llego a la conclusión que mi nostalgia fue por mi historia de borrachera de este fin de semana.


Desperté en la cama de un sujeto del que no sé su nombre, pero quien sé que me idealiza, y me di cuenta que vive al redil de mis pasiones y visiones. Me asusté cuando lo miraba con una sonrisa que no le cabía en el rostro, además tenía esa actitud de no dejarme salir de su casa hasta que desayunara con él y terminara el mal café que me hizo. Mientras él no paraba de demostrar lo feliz que estaba porque me había quedado con él yo me cuestionaba ¿Por qué no me he aprendido su nombre? ¿Por qué no quiero saber su nombre? Mi amiga Gravi me preguntó que si me asustaba la idea de la normalidad. Sí, me asusta la normalidad y no quiero normalidad, nomás quiero el cuerpo que representa la aparente normalidad.


Mi vicio incomprendido es la libertad. Me decía una Bruja que mi ética feminista estaba tambaleando por fornicar con un casado, yo respondía que salía con él (al igual que lo he hecho con otros) porque yo soy libre de salir con quien quiero, si alguien debería de ser cuestionado en sus principios éticos deberían de ser ellos y no yo, si hay alguien a quien se le debe crucificar no es a mi sino a él, yo tengo claro que la libertad se traduce en renunciar a lo que nos han dicho es importante. A mi me dijeron que era importante solamente fornicar con no casadxs, renuncié a eso ideológicamente hace muchos años, pero eso sí, nada de lastimar a otrxs, la maldad –en esa cancha- no es una de mis virtudes.


No sé si sea un vicio más, yo creo sí, por eso no me quiero aprender nombres de hombres que son aparentemente normales, me emociona más cuando el Brujo Toma-Tecates me manda un correo responsabilizándome por su fijación con Cortázar, y me acusa de nadar en ríos metafísicos. A ese Brujo por una cuestión retorcida le atribuyo parte de mi –permanente- nudo en la garganta; con él me voy y él se va para volver, nuestras despedidas esperanzadoras son un vicio. Él hace que la memoria sea mi línea de estudio e interés, y es un vicio más que él me haga definir el recuerdo como el lenguaje de los sentimientos y un diccionario de caras, de su cara en la de muchos cuerpos. No, no me gusta la normalidad.


En resumen no voy a dejar mis vicios viejos, un año más de los mismos vicios, diría José Alfredo: “siempre caigo en los mismos errores.” No voy a dejar mis vicios por el Brujo Toma-Tecates, por nadar en la metafísica, ni por emborracharme y araclearle a esos cuerpos que no entienden que la luna es luna, el amor es amor y la distancia es distancia. Me gusta seguir diciendo que en mi camino del enamoramiento hay muchos retazos, pero es un vicio buscar que cada retazo sea del color de esos ojos y tenga el tamaño de esos pensamientos, ¡cosa imposible!


Me gusta que uno de mis vicios más grande sea que mi cuerpo no piensa como yo. Cuando te leo y cuando te veo el cuerpo tiene sus ideas propias. Quién sabe, a lo mejor un día a mi cuerpo le gusta la normalidad y la compañía normal. Pero el Brujo Toma-Tecates –tú- siempre estás, después de todo soy medalla de oro nadando en la metafísica. Los vicios siempre se pueden perfeccionar, es 2012, año de perfeccionarte como vicio, de dejarte abrazar a la Bruja y brindar por la libertad que tú, mis brujas y yo entendemos igual.


1 comentarios:

Ministry of Silly Walks dijo...

Retebuena fotógrafa que eres, nena.